Desde hace un tiempo me he ido dando cuenta de algo que me corroe por dentro: y es que mucha gente piensa que te conoce por leer lo que escribes en un blog o los likes que pones en Facebook.

Hace unos días escribí sobre el hecho de que la gente sólo conoce lo que les mostramos, la punta del iceberg. Pero aún así alguno piensa conocerme más que yo misma. En ocasiones ni siquiera yo misma me conozco, ¿lo va a hacer alguien con el que las conversaciones se centran en hola y adios? Me parece que no.

No se puede conocer a una persona por leer lo que escribe: entonces mis profesores ya estarían horrorizados. Tampoco se puede conocer a una persona al saber que le gusta Anatomía de Grey y que su grupo favorito es Kiss.

A una persona se la conoce por vivir experiencias con ella, por reír con ella y sobre todo de ella, por saber cuáles son sus defectos e inseguridades, por escucharla aunque lo que diga sea estúpido, por ver cómo reacciona frente a los problemas, por cómo se comporta en diferentes círculos, por la ayuda que presta o no a los demás… No todo se centra en saber sus hobbys, una persona es algo mucho más que eso. Y si no te quiere mostrar cómo es de verdad, quizás deberías replantearte el por qué.

Erase una vez, un mundo imaginario donde todo lo que ocurría dependía de ti. Dónde se creaban historias inimaginables, comías miles de kilos de chocolate sin engordar y todos los días salía el sol. Cualquier cosa que ocurría tenía que ver con que eras el ombligo del mundo, los problemas desaparecían y lo único importante era cerrar los ojos e imaginar.

Pero había otro mundo diferente al anterior, uno real, en el que era difícil vivir. Ocurrían historias que nunca quisiste imaginar, engordabas por comer sólo un cacho de chocolate y el sol se escondía tras la contaminación atmosférica. Para nada eras el ombligo del mundo porque miles de personas habitaban el mismo kilómetro cuadrado que el tuyo, los problemas te superaban y cerrar los ojos e imaginar sólo se traducía en pesadillas que te despertaban en mitad de la noche.

A veces, en la vida real acudimos a nuestro pequeño mundo imaginario para no afrontar el día a día de la realidad. No importa si sólo son segundos de imaginación o son horas, lo hacemos sí o sí. A lo mejor, simplemente nos imaginamos en una playa tomando el sol con las amigas o, por el contrario, pensamos que estamos casadas con Brad Pitt y a todas horas disfrutamos el uno del otro, pero es imposible evitar evadirse de vez en cuando.

Lo más probable es que nuestra vida no sea dramática, y muchos no tenemos porqué quejarnos comparándonos a los miles de niños africanos que mueren día a día porque no tiene nada que comer. Pero en ocasiones no podemos evitar pensar que nuestros problemas nunca se solucionarán y empezamos a imaginarnos situaciones más felices o escuchamos lo que realmente querríamos escuchar.

Sin embargo, la linea que divide la rectitud psíquica con la locura es muy delgada. No siempre podemos refugiarnos en momentos felices del pasado, imaginaciones o palabras que realmente no se han dicho. Lo más sensato y racional es vivir lo que de verdad está pasando y no trasgiversar hechos o frases. Está claro que es más duro vivir el día a día y afrontar los problemas, pero sólo si lo hacemos la mayor parte del tiempo es por seguro que dentro de unos años nuestra moda no se centrará en el color blanco de las blusa de fuerza del manicomio.

365 días dan para mucho. Hacer mucho. Decir mucho. Sentir mucho.

Algunos de esos días te despiertas con un nudo en el estómago sin saber el porqué. No hay motivos aparentes ni razones hormonales. Cualquier cosa te hiere los sentimientos y un pequeño problema se convierte en el fin del mundo.

Otros días piensas que la respuesta a cualquier incidente es “a la mierda, me la suda”. Días que tu estilo de vida se turna al pasotismo más grande que la humanidad jamás haya visto. “Don’t worry bitch, be happy”.

Algunos días que no abres la boca, no quieres hablar. No quieres pensar y menos moverte un milímetro.

Otros, te conviertes en una cotorra. No puedes dormir de las ganas de pensar que tiene tu cerebro y no paras quieta.

Segundos en los que cambias una sonrisa por un cabreo del quince. Cabreos que salen de la nada y sonrisas que se tornan en sarcasmo.

Minutos de euforia que aparecen porque sí. Que lo único que te apetece es gritar y correr por todos los sitios posibles. Llorar de la risa y no dejar de sonreir.

Momentos en los que sólo quieres abrazar y besar a la gente. Sólo sentir el contacto físico y no tener que entablar conversaciones banales y estúpidas.

Horas en las que odias el contacto con cualquier ser humano. Que otra piel te roce, sentir a alguien a tu lado.

Vida bipolar. No sabes si eres tú la que siente y actúa, o un demonio te ha poseído.

Las series y las películas son algo que no faltan en nuestra vida diaria. Pasamos horas delante del televisor y ahora lo hacemos también frente a la pantalla del ordenador. Vivimos las aventuras junto a los personajes con los que nos sentimos identificados, sufrimos sus mismos problemas y lloramos sus miedos y pérdidas.

No es algo de otro mundo el hecho de que nos enamoremos de un personaje televisivo. Nos introducimos tanto en la trama que aveces cruzamos la línea de la realidad y, al menos durante un par de horas, dejamos nuestra vida cotidiana atrás. ¿Cuántas veces nos habrá pasado que se nos revuelve el estómago cuando Leo DiCaprio se está congelando en el agua? ¿Cuántas las veces que le gritamos a los de Paranormal Activity que se vayan de la casa? Quizás muchas.

Personalmente, a mi el otro día se me rompió el corazón. Un personaje del que me había pillado se murió al final de la trama. Vaya estupidez, pensaréis. Pues sí, no lo niego. Pero tampoco niego el hecho de que durante varios días estuve bastante afectada por el tema. No quería pensar en ello,  y de hecho ya se me rayaban los ojos nada más recordar las escenas en la pantalla del ordenador. Era como si de verdad hubiera perdido a alguien que conociera personalmente.

Pasados unos días, me reí de todo aquello, pero algunas preguntas empezaron a rondar en mi cabeza. ¿Por qué mis sentimientos afloran por un actor gay que ni siquiera sabe que existo? ¿Por qué narices creo conocer a un actor por un personaje que caracterizó hace años?

Quizás porque lo que más nos atrae es lo superficial. Lo mismo ocurre en la vida real. Lo que nos llama es lo que está a la vista, aquello fácil de averiguar. Pensamos que alguien es de una forma, que la conocemos. Pero no es así. Sólo conocemos lo que esa persona nos muestra, lo que quiere que conozcamos. Sabemos cómo es su físico, cómo sonríe o la forma en la que camina, pero no conocemos todos sus pensamientos y mucho menos su forma de ser. Quizás nunca lleguemos a conocer del todo a una persona. Quizás sólo conozcamos un 10% del conjunto. Lo peor de todo es que con ello nos basta; nos damos con un canto en los dientes cuando nos dicen que le gustan las galletas de chocolate y que son alérgicos a las nueces.

Pero así somos. Interpretamos un papel con cada persona. Un papel que puede ser más o menos diferente, pero que nunca refleja la realidad al completo. No nos damos cuenta de que lo estamos haciendo, y que al igual que nosotros, los demás interpretan un personaje. Un personaje que quizás te creas o no y que al final de la trama recordarás para bien o para mal.

En los tiempos que corren, las redes sociales son algo casi imprescindible en la vida social de los humanos. Las personas más o menos jóvenes que no tienen una cuenta en alguna de ellas parece que no existen. Y es que entre muchas de las cosas que nos brindan, nos sirven para conocer nuevos amigos o estar en contacto con los antiguos. Compartimos nuestros gustos, fotos o comentarios. Pero muchas veces damos un paso más allá y publicamos nuestros sentimientos en la red.

Un día, cara a cara, se te ocurre contarle a tu hermana lo cabreada que estás porque has pisado una mierda. Pero esa conversación no sale de vosotras dos: ella lo sabe, tú también y no hay más de lo que hablar. A no ser que algún espía estuviera escuchando la conversación, nadie se enterará de que tus nuevas sandalias están llenas de mierda. Pero con Internet y las redes sociales todo cambia. Todo es tan fácil como hacer un click.

En algún post ya comenté algo sobre la poca privacidad e intimidad de los usuarios de las redes sociales. Tendemos a contarlo todo en Facebook, Twitter o Tuenti porque sino lo hacemos es como si no hubiera pasado. Pero en esta ocasión de lo que hablo no son de fotos que demuestran que estuviste bailando en una barra o de que estás saliendo con Fulanito y lo quieres un montón, no. Ahora de lo que hablo es de los sentimientos que demostramos en la red.

De repente nos encontramos un poco tristes, indefensos y ponemos alguna gilipollez en el tablón: “la vida es una mierda”. ¿Y qué conseguimos? Si contamos con más de un amigo probablemente recibiremos respuestas preguntándonos que qué nos pasa, que “todo se arreglará”, etc etc… Seguro que también aparecería algún me gusta por parte de los no tan amigos.  Pero, ¿de qué vale todo esto? ¿por qué lo hacemos?

Quizás la respuesta esté en que necesitamos que alguien nos consuele. Quizás porque queremos que todos se enteren de lo mal que estamos. Quizás por llamar la atención.

No digo que nunca compartamos ningún sentimiento en la red, es imposible no hacerlo, pero el hacerlo en exceso -como todo- es perjudicial para la salud. Ello muestra nuestra debilidad, inmadurez, y coño, que es una reverenda estupidez. Mostrarse al completo a los demás nunca es bueno y más cuando lo haces a través de la red sin tener una cara conocida a la que mirar a los ojos.

Además, en muchas ocasiones empezamos a pensar que esas publicaciones son falsas. Nos encontramos con la persona que siempre está ahí, en tus novedades, contándote lo mal que está. Has hablado con ella una o dos veces cara a cara, pero estás conociendo todo el dolor que lleva dentro. Y entonces, llegas a preguntarte si de verdad se siente siempre tan mal o simplemente su vida gira en torno a eso que hace: a decir que está fatal para que otros le digan que no sufra.

En un momento determinado te puedes enganchar a que te traten bien, a ver que la gente se preocupa por ti y quiere que te encuentres mejor, es normal necesitar sentirse querido. Pero, la suma de la poca autoestima y algún hecho dramático o mínimamente incómodo que te ocurriera recientemente te puede crear un círculo vicioso: un día te pasó algo y estuviste mal, lo publicaste en Facebook, te gustó todos los ánimos que te dieron, aún seguiste mal y siguieron animándote, un día te encontraste mejor pero ya dependías de que la gente estuviera detrás de ti, entonces todo vuelve a empezar. Quizás este supuesto círculo se convierte en tu vida, y es que necesitas que te animen para sentirte mejor contigo misma. Pero la solución a un problema que tienes no está en compartirlo en una red social y esperar a que los comentarios aparezcan, no. La solución está en creer en ti misma y confiar en que todo se puede solucionar, sino con el tiempo sí aprendiendo a vivir con ello.

Por cierto, apuesto a que más de uno ha leído el post sólo para enterarse si iba a descubrir lo mal que yo lo estaba pasando, ¿no? Pues siento fallaros, pero estoy perfectamente. Sólo quería llamar vuestra atención, y es que aunque el circulo vicioso anterior es culpa del que publica sus sentimientos, los demás también tenemos parte de culpa en todo ello. Le damos demasiada importancia a unas palabras en la pantalla del ordenador y cotilleamos para ver que otros lo pasan peor que nosotros.

Una de las cosas más visibles de nuestro físico es nuestra cara. Nos preocupamos por maquillarnos los ojos, ocultar las ojeras, perfilar los labios o hidratar la piel. Odiamos los granitos que se forman en nuestra frente y nos ponemos miles de potingues en la nariz para quitarnos los puntos negros.

Aunque no nos damos cuenta, nuestra cara es nuestra tarjeta de bienvenida a los demás. Y así como nos centramos en tener un buen aspecto, el pelo que acompaña nuestro rostro es algo que influye mucho. Tenerlo encrespado no es nada atractivo, y la verdad, si yo saliera a la calle con el pelo como mismo me despierto, más de uno se asustaría. Aunque quizás ya ocurra con la versión mejorada de Chewaka, lo siento pero se hace lo que se puede. En definitiva, que muchas veces centramos los pocos esfuerzos que tenemos nada más despertarnos para intentar arreglar esa mata de pelo.

Casi siempre llevamos el mismo corte de pelo, por no decir el mismo peinado. Como casi todo en la vida, puede que ello se deba a que los seres humanos tendemos a buscar el equilibrio, a cambiar sólo lo estrictamente necesario. Quizás por ello, cuando vamos a la peluquería y salimos llorando la pérdida de unos centímetros de pelo es porque queríamos que el pelo cambiara solo un poquito, algo mínimo. Si fuera posible que ni siquiera nuestro ojo lo percibiera, que fuera casi difícil reconocer que nos habíamos hecho algo en el pelo.

Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, nos da por cambiar de look, cortarnos las puntas unos centímetros más de lo habitual o simplemente volver a la peluquería después de años sin pisarla. Pero nada, que nada más pasados unos días queremos recuperar el pelo que teníamos antes de la masacre vellil. ¿Por qué? Simplemente porque somos unos aburridos. No nos gustan los cambios y nada más sufrir uno queremos volver atrás. Siento decíroslo pero el pelo crece, queridos amigos.

Ayer, de nuevo, tuve que recurrir al avión para volver a Madrid. Casi el único medio de transporte que nos permite a los de Canarias salir del archipiélago. Digo casi  porque también cabe la posibilidad de ir en barco hacia la península, pero no creo que sea muy divertido recorrer las aguas durante días.

Nada más sentarme en el asiento empecé a cagarme en todo. Nunca me han gustado los aviones, al principio me daban miedo. Pero ayer pensándolo todo un poco, me dí cuenta de todas las cosas que odio de ellos. Y hay razones para hacerlo, muchas:

Razón #1: Tener que facturar tu maleta y que exista la posibilidad de que te pierdan el equipaje.

Razón #2: Tener que facturar tu maleta y que exista la posibilidad de que te roben algo del equipaje.

Razón #3: Pasar tu bolso por un escáner y que sea lo que sea que tengas dentro de él, lo vean los policias.

Razón #4: Que te tengan que cachear cuando llevas ropa ajustada.

Razón #5: Que dentro del avión te toque asiento en pasillo y las azafatas no paren de golpearte en el codo con los carritos de comida.

Razón #6: Que te toque en ventana y el que está al lado de ti no pare de mirar la ventanilla cuando tienes ganas de bajarla.

Razón #7: El poco espacio para ponerte cómoda. Tener que hacer miles de posturas imposibles para dormir tan sólo 15 minutos.

Razón #8: Que el viajero de al lado se pegue 2 horas y media “gaseándose” y te estés asfixiando por culpa de la peste.

Razón #9: Tener que aguantar los llantos de bebés que no son tuyos y por lo tanto, no tendrías porqué estar aguantando.

Razón #10: Que el niño de atrás no deje de mover tu asiento y grite en tu oído. Sin tener la posibilidad de poder matarlo.

Razón #11: Que otro niño no pare de cantar y bailar “ai se eu te pego” durante la mayor parte del vuelo.

Razón #12: Que te peguen un sablazo por un sandwich cutre y una cocacola.

Razón #13: Emparanollarte con el aterrizaje y pensar que el avión se va a estrellar.

Razón #14: Llegar con retraso a tu destino y tener que esperar más de media hora en las cintas para recoger tu equipaje.

Razón #15 y la más importante: Alejarte de los que más quieres y tener que despedirte con los ojillos lacrimosos.

Es difícil darse cuenta de lo importante que es el tiempo. No nos hacemos a la idea de que en 5 minutos nuestra vida puede cambiar. Quizás de una forma superficial: cortándonos con el cuchillo, rapándonos al cero o aprobando un examen.

No nos hacemos a la idea de que quizás en 5 minutos vivimos más que en 5 años. Y aún así, en vez de pensar en los 5 minutos que estamos viviendo, revivimos unos 5 minutos de hace años. No dejamos escapar el pasado y pese a que lo neguemos, es el culpable de las decisiones de nuestro futuro.

Para bien o para mal, es nuestro pasado y sólo él, el que nos impide seguir un camino. Queremos no desperdiciar 5 minutos más de nuestro valioso futuro tomando un camino u otro. Sin embargo, apenas reflexionamos sobre el futuro y tomamos las decisiones sin tener en cuenta que pueden ser algo definitorio. Definitorio de nuestra vida, nuestras relaciones con los demás e incluso nuestra forma de ser.

Parece que lo que nos gusta es no pensar en el futuro, no afrontar las consecuencias de nuestros hechos; y sí mirar hacia atrás, preguntarnos por qué eramos como éramos e hicimos lo que hicimos. De esta forma quizás nos reconfortamos a nosotros mismos haciéndonos creer que ahora somos diferentes. Diferentes por el mero hecho de que ya no hacemos lo que antes o porqué han pasado muchos años de ello. Pero ¿hasta qué punto hemos cambiado si seguimos arrepintiéndonos de lo ocurrido hace años?

Es un día cualquiera, el sol aún se ve en el cielo y estás caminando por la calle tranquilamente. Pasas delante de un par de tíos y la cosa empieza. No importa si vas con tu madre, tu hermana o tu abuela, ellos te dirán algo. Lo más probable es que ese algo sea un piropo cutre o una mirada que te viola totalmente por muchas capas de ropa que lleves encima. ¿Qué haces? Refunfuñar, qué más sino.

El escenario cambia, ahora son las 9 y media de la noche. Has salido a hacer footing. Vas con el pelo recogido, la cara lavada y un chándal encima. En otras palabras, de la forma menos sexy del mundo. Mientras corres tienes los auriculares a tope, no escuchas nada. Nada hasta que la canción termina y oyes a alguien gritando desde lo lejos: “qué buena está… blablablá”.

Más de una vez la mayoría de nosotras nos encontramos con situaciones parecidas. Seas como seas te habrá pasado algo de esto y quizás más de una vez. No veo la razón de ello, la verdad. ¿Desde cuándo ha sido efectivo para ligar el decirles guarradas a las chicas que pasan delante? Yo diría que nunca, sólo nos repugna.

A lo mejor la respuesta a este gran enigma es que piensan que salimos a la calle para ello. Hacemos footing o vamos al gimnasio porque queremos pescar a algún mozo. Que nos gusta que nos digan cochinadas al oído, mientras más estúpidas y asquerosas mejor. Pero no, repito, no nos gusta.

Ahora incluso a muchos no les vasta con hacerlo cara a cara, sino que te acosan en las redes sociales. “Ola wapa acestame”; claro que sí, completo desconocido. ¿Cómo te encuentran? A saber, no tienes amigos en común con ellos y quizás piensan que con tres palabras mal escritas aceptarás su invitación. No, gracias.

¿Desde cuando hay que aguantar todo esto? Lo de las redes sociales lo puedo llegar a entender: la gente se aburre y quiere hacer “amigos”, pero estoy hasta las narices de salir y tener que escuchar gilipolleces de tíos que no saben controlar sus bocazas.

He llegado a la conclusión de que simplemente lo hacen para llamar la atención. Saben que con ello no consiguen nada, pero se hacen los “machitos” delante de los colegas. Eso, o buscan algún tema de conversación del que hablar con sus amigotes: “¿viste el culo de aquella?” -”uff, sí. A esa me la cogía yo y le quitaba todo…”. Gilipollas, gilipollas everywhere.

¿La conclusión a la que llego? Pues que creo que un gran porcentaje de humanos no llegó a desarrollarse bien y no se aprendió ciertas conductas de comportamiento educadas. Pocas neuronas en sus cabezas, debe ser.

Entre las manos, una taza de té. Sus dedos casi congelados rodeaban el calor que de ella se desprendía. Hacía frío, el tiempo había cambiado, igual que ella: hace un año no se hubiera imaginado a si misma bebiendo eso que tanto aborrecía. Pero ahora, sumergir la bolsita de té de fresa la tranquilizaba. Se ensimismaba en cómo subía y bajaba; cómo el agua se teñía de rojo.

Hasta que realmente no se tomó un respiro, no se dio cuenta de lo fácil que era llegar a la tranquilidad. De lo poco que se necesitaba para la paz interior. “¿Paz interior? ¿Desde cuándo soy tan espiritual?” se dijo. “Debe de ser el té”.

Aún no se había terminado la taza cuando una pregunta pasó por su cabeza: “¿Será siempre así, tener que acudir a los tés para sosegarme?”. Esperaba que no, prefería que su serenidad no dependiera de un líquido caliente. Quizás sería mejor que de ella dependiera una buena novela o un paseo por el parque, pero nunca de una taza llena de hierbas.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 86 seguidores