En los tiempos que corren, las redes sociales son algo casi imprescindible en la vida social de los humanos. Las personas más o menos jóvenes que no tienen una cuenta en alguna de ellas parece que no existen. Y es que entre muchas de las cosas que nos brindan, nos sirven para conocer nuevos amigos o estar en contacto con los antiguos. Compartimos nuestros gustos, fotos o comentarios. Pero muchas veces damos un paso más allá y publicamos nuestros sentimientos en la red.
Un día, cara a cara, se te ocurre contarle a tu hermana lo cabreada que estás porque has pisado una mierda. Pero esa conversación no sale de vosotras dos: ella lo sabe, tú también y no hay más de lo que hablar. A no ser que algún espía estuviera escuchando la conversación, nadie se enterará de que tus nuevas sandalias están llenas de mierda. Pero con Internet y las redes sociales todo cambia. Todo es tan fácil como hacer un click.
En algún post ya comenté algo sobre la poca privacidad e intimidad de los usuarios de las redes sociales. Tendemos a contarlo todo en Facebook, Twitter o Tuenti porque sino lo hacemos es como si no hubiera pasado. Pero en esta ocasión de lo que hablo no son de fotos que demuestran que estuviste bailando en una barra o de que estás saliendo con Fulanito y lo quieres un montón, no. Ahora de lo que hablo es de los sentimientos que demostramos en la red.
De repente nos encontramos un poco tristes, indefensos y ponemos alguna gilipollez en el tablón: “la vida es una mierda”. ¿Y qué conseguimos? Si contamos con más de un amigo probablemente recibiremos respuestas preguntándonos que qué nos pasa, que “todo se arreglará”, etc etc… Seguro que también aparecería algún me gusta por parte de los no tan amigos. Pero, ¿de qué vale todo esto? ¿por qué lo hacemos?
Quizás la respuesta esté en que necesitamos que alguien nos consuele. Quizás porque queremos que todos se enteren de lo mal que estamos. Quizás por llamar la atención.
No digo que nunca compartamos ningún sentimiento en la red, es imposible no hacerlo, pero el hacerlo en exceso -como todo- es perjudicial para la salud. Ello muestra nuestra debilidad, inmadurez, y coño, que es una reverenda estupidez. Mostrarse al completo a los demás nunca es bueno y más cuando lo haces a través de la red sin tener una cara conocida a la que mirar a los ojos.
Además, en muchas ocasiones empezamos a pensar que esas publicaciones son falsas. Nos encontramos con la persona que siempre está ahí, en tus novedades, contándote lo mal que está. Has hablado con ella una o dos veces cara a cara, pero estás conociendo todo el dolor que lleva dentro. Y entonces, llegas a preguntarte si de verdad se siente siempre tan mal o simplemente su vida gira en torno a eso que hace: a decir que está fatal para que otros le digan que no sufra.
En un momento determinado te puedes enganchar a que te traten bien, a ver que la gente se preocupa por ti y quiere que te encuentres mejor, es normal necesitar sentirse querido. Pero, la suma de la poca autoestima y algún hecho dramático o mínimamente incómodo que te ocurriera recientemente te puede crear un círculo vicioso: un día te pasó algo y estuviste mal, lo publicaste en Facebook, te gustó todos los ánimos que te dieron, aún seguiste mal y siguieron animándote, un día te encontraste mejor pero ya dependías de que la gente estuviera detrás de ti, entonces todo vuelve a empezar. Quizás este supuesto círculo se convierte en tu vida, y es que necesitas que te animen para sentirte mejor contigo misma. Pero la solución a un problema que tienes no está en compartirlo en una red social y esperar a que los comentarios aparezcan, no. La solución está en creer en ti misma y confiar en que todo se puede solucionar, sino con el tiempo sí aprendiendo a vivir con ello.
Por cierto, apuesto a que más de uno ha leído el post sólo para enterarse si iba a descubrir lo mal que yo lo estaba pasando, ¿no? Pues siento fallaros, pero estoy perfectamente. Sólo quería llamar vuestra atención, y es que aunque el circulo vicioso anterior es culpa del que publica sus sentimientos, los demás también tenemos parte de culpa en todo ello. Le damos demasiada importancia a unas palabras en la pantalla del ordenador y cotilleamos para ver que otros lo pasan peor que nosotros.